Miro hacia atrás y repaso estos dos meses de vacaciones. Es cierto que no he parado, pero no deja de ser menos cierto que no me ha servido de nada correr de un lado para otro. Empecé el verano viendo la felicidad de otros, haciendo de tripas corazón viendo como la gente que quiero era feliz y daba un paso importante para crear una vida juntos. Mi alegría por ellos, por ver la adoración que sentían el uno por el otro era sincera, pero a la vez no podía dejar de sentirme despreciable por envidiarles. Continué el verano llorando, sin ningún motivo aparente, por cada situación emotiva o sin ella... lloraba, no podía parar, y hubiera seguido días enteros, pero las circunstancias no me lo permitían, a pesar de la curiosidad que despertaba entre extraños... simplemente no podía y lo necesitaba. También me sentí enormemente querida por extraños y sorprendida por ese afecto y ese aprecio pero llega un momento en que no es suficiente con lo que tienes... En aquel momento, me hubiera marchado al fin del mundo sola, intentando encontrar una paz no hay en ninguna parte. Hay que aprender a vivir en paz con uno mismo, y yo no hago más que entrar en conflicto, mi crisis personal es más aguda que la económica, y en cambio nadie acude a mi rescate. Me marché a Lisboa, y allí tampoco encontré lo que buscaba, recuperé horas de sueño, pero eso no ha sido suficiente, volví y me marché a La Guardia, solo para encontrarme con conflictos ajenos, y un cielo brumoso, acorde con mi humor de este verano. Volví de nuevo a mi cárcel voluntaria, y ha nuevos conflictos que no deberían estar aquí. Y volví a marchar, para acabar el verano como lo había empezado, siendo testigo de la felicidad de otros, sintiéndome más fuera de lugar que nunca, y no sabiendo como arreglarlo, como colocar cada cosa en su lugar, como volver a ser yo sin esconderme, como conservar a mis amigos a pesar de necesitar mi espacio, intentando encontrar una solución y queriendo dejar de correr, que después de todo antes me daba un respiro y ahora solo me ahoga más rápidamente, nunca fui corredora de fondo. Dejar de pensar en desaparecer, dejar de pensar que España es pequeña para escapar, enfrentándome al verdadero problema. Intento decir las cosas como son, intento ser sincera, pero no consigo nada, me siento como tierra yerma que nunca dará frutos, y sigo sin entender lo que está mal, y eso me mata, porque yo quiero saber. Y ahora el otoño me alcanza en una ciudad extraña, costándome más que nunca adaptarme a un nuevo lugar, aquí veré el invierno y la primavera. Aquí veré las hojas caer y rodar por las aceras, ya no golpearán las ramas en mi ventana, por que en mi habitación no hay árboles, simplemente un patio interior que no deja entrar la luz ni lo que es más importante, el calor. No veré los colores cálidos del otoño desde mi ventana, sólo el gris de los edificios, de la niebla, no me quedaré en la cama cuando haga frío viendo las sombras de las ramas jugar en la pared de mi habitación. Ya no soñaré despierta, por que soñar despierta supone tener ilusiones y esperanzas y yo ya no las tengo, las abandono y me rindo, dejaré que rueden como las hojas por las aceras, que la gente juegue con ellas y las patee, que la lluvia las pudra y el invierno las entierre en montones de nieve, que sirvan de abono para la vida de otros.