Era de madrugada cuando me desperté. La noche anterior había puesto el despertador para que sonara temprano, pero no me hizo falta. En silencio, sin hacer ruido cogí primero mis gafas de la mesilla y desconecté la alarma. Me levanté despacio, sin hacer ruido y me puse una camiseta dos tallas más grande y salí de la habitación. Bajé descalza las escaleras y al pasar por el salón me hice con una vieja manta que estaba doblada en el sofá. La chimenea hacía horas que se había apagado, pero el ambiente allí dentro todavía era cálido. Me fui a la cocina, todavía tenía tiempo de prepararme un tazón de café con leche. Me encanta el olor a café recién hecho por la mañana. Mientras esperaba, limpié mis gafas. Odei, el mastín que dormía en la planta de abajo se acercó moviendo la cola, contento de tener a alguien tan temprano pululando por allí. Fui a la despensa y saqué los restos de la cena y los puse en un plato, en el suelo. Cuando el café estuvo listo, me pasé la vieja manta por los hombros agarré mi taza y salí al porche. Dios que frío hacía, pero me encantó esa sensación de silencio en la noche, cuando te aporta serenidad, no cuando tienes miedo de cualquier sombra. Rápidamente, no había cogido las zapatillas, me acerqué al balancín blanco. Me senté y subí las piernas, me envolví bien en la manta sabiendo que la espera no sería muy larga. Odei que me había seguido fuera se tumbó a mi lado. Poco a poco todo lo que me rodeaba empezó a aclararse, todo estaba blanco, la escarcha lo cubría todo, y había nieve en las montañas. Había nevado por la noche y algunos copos volaban y jugaban a mi alrededor. A medida que el sol subía comenzó a iluminar las laderas y los árboles, empezó a verse todo con más claridad y la luz empezó a ganarle la batalla a la oscuridad. Mirando hacia abajo, hacia el valle, el lago empezó a reflejar la luz del sol y algunos retazos de niebla quedaron patentes entre los árboles, en las zonas más sombrías. Amaba este lugar, me aportaba serenidad, me hacía olvidarlo todo, estaba en paz conmigo misma. Siempre había sido así, incluso ahora en una etapa buena de mi vida, lo necesitaba. Lo mejor que pude hacer fue invertir mis ahorros en esa casa. Lentamente, mientras se hacía de día, los recuerdos vinieron a mí, y los momentos vividos en aquel lugar, bueno y malos cobraron vida.

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