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lunes, 16 de abril de 2012

Vía Libre (I)

Llego a la estación entre la niebla, hace horas que encendieron las luces de la calle y del edificio, un edificio magnífico, de piedra. El bar para los viajeros tiene dos puertas, la del aparcamiento y la que da a los andenes. El suelo es de madera oscura, las paredes de ladrillo y en algunos tramos de madera, a juego con el suelo. En las vitrinas hay fotografías en blanco y negro, de trenes, de deportistas antiguos, cachivaches que ya no funcionan, máquinas de coser, raquetas, instrumentos musicales que nunca sonaron....  Voy hasta la barra, también de madera bien pulida y le pido al camarero una copa, tequila con zumo de limón.

          - Hoy empiezas fuerte .- me dice.

Le miro a los ojos  no sin cierta curiosidad, normalmente no hablamos, él se limita  observar el bar, mientras seca vasos con un trapo blanco que coloca sobre su hombro cuando llega algúnn cliente. Tiene razón, llego a la hora de siempre pero empiezo pronto. Cojo mi copa sin responderle y con la otra mano agarro un cenicero de cristal de un extremo de la barra. Me dirijo hacia las escaleras, en la zona de arriba el bar está en penumbra, me coloco en mi mesa de siempre, cerca de la ventana, a la luz de una farola que está fuera, en el andén. Antes de sentarme me quito la gabardina, y el sombrero, abro el bolso y saco un cuaderno, todos los días es lo mismo: pido un solo americano en la barra, me siento, saco mi cuaderno y enciendo un cigarro mientras releo las últimas páginas, más tarde, pediré una copa. Pero hoy la historia ha cambiado, por eso se ha extrañado. Enciendo el cigarrillo y comienzo a pasar hojas. De repente una tenue luz ilumina la zona donde estoy, y el camarero empieza a limpiar y a colocar sillas y mesas. Se va acercando poco a poco, con la sutileza de un elefante en una cacharrería. Antes de que se acerque demasiado cierro mi cuaderno y me limito a beber y a fumar. Le veo venir, y no me apetece nada hablar.

        - Un mal día ¿eh? .- me dice para empezar la conversación.
        - Sin más .- respondo sin apartar la vista de la pared de enfrente.
        - No me había fijado nunca, y hace seis meses que vienes por aquí, tienes los ojos grises.
        - En realidad son azules.
        - Pues yo los veo grises.
        - Pues muy bien, para ti la perra gorda .- contesto airada y mirándole a la cara. Pero eso no parece intimidarlo.

        - ¿Sabes? se lo que vas a hacer, lo veo en tus ojos vacíos, por aquí pasa mucha gente y he conocido a más como tú.
        - ¡Joder! ¿Te pagan por hacer de psicólogo o de barman? ¿No hay ningún partido de fútbol con el que te puedas entretener? .- lo miro ya muy mosqueada, cagüen el tío de los cojones, qué hijodeputa, ¿no puede molestar a nadie más? ¡Joder!, ¡coño!, si mi madre escuchara la cantidad de palabrotas que pasan por mi mente se preguntaría para que cojones me mandó a un colegio de monjas a recibir una buena educación.

        Me mira sin inmutarse siquiera y el payaso de él tiene el atrevimiento de sentarse en mi mesa. En ese momento se abre la puerta, y entra un viajero estirado. Se levanta de nuevo, y yo suspiro aliviada cuando el muy gilipollas le dice al cliente que está cerrado. El otro, que ya se le ve que es un poco imbécil y no huele el peligro, señala el cartel y le dice que según eso está abierto las 24 horas. El barman se acerca a la puerta velozmente y con rabia contenida, se le nota en la manera de caminar, arranca el letrero y le dice al estupefacto idiota que lo mira con la boca abierta que se vaya a la puta calle mientras le pone una mano sobre el hombro y lo acompaña hasta la puerta. Después de que el otro salga huyendo, cierra la puerta con llave y vuelve a mi mesa. No me he movido, me limito a mirarle entre el humo del cigarro, intentando averiguar que mosca le ha picado hoy. Se sienta con la silla dada la vuelta, cruza los brazos sobre el respaldo, me mira, sonríe y el hijodeputa me dice:

        - ¿Por dónde íbamos?

lunes, 12 de marzo de 2012

La zorra que nunca seré

Me miro en el espejo y veo a la zorra que nunca seré. Le doy el último toque al rojo de mis labios, Rouge Allure de Channel, que no deja huella; los ojos perfilados, y la máscara de pestañas resistente al agua de Helena Rubinstein. La falda negra, corta, las medias de cristal de color carne que llegan a mitad del muslo, el elástico… de puntilla se insinúa en el borde de la falda. El largo de las medias está pensado para un polvo rápido en cualquier baño, así no estorbarán, con bajarse las bragas y subirse la falda será suficiente, rápido, impersonal…. Los tacones cómodos pero elegantes, y la camiseta sin tirantes. El pelo suelto, largo con algunas ondas, la melena hacia un lado, dejando el cuello al descubierto, incitador. El bolso pequeño, solo necesito las llaves, él móvil, dinero, pañuelos y condones. Cojo la americana, aunque esta noche intente ser una zorra, ante todo hay que intentar ser una zorra sofisticada.

lunes, 24 de octubre de 2011

Un clásico

Antes de salir de la cama te besé en el hombro pero no te enteraste y te dediqué una mirada cariñosa que jamás verías despierto. Me acerqué desnuda a la ventana sin importarme que me vieran desde la calle, me recogí como pude el pelo y encendí un cigarrillo con la caja de cerillas que había sobre la mesa. En la habitación hacía frío, dejé que el aire acariciara un poco más mi piel y después de apagar el cigarro me puse tu camiseta blanca, esa que con las prisas habías dejado caer. Los coches al pasar iluminaban la habitación, me senté detrás de tu escritorio y te observé dormir. Se me pasaron por la cabeza los años de encuentros y desencuentros, los dos sabíamos que llegaríamos hasta aquí, no sabíamos el cuándo, pero sí que pasaría. Me pregunté si lo que había pasado esta noche nos había aclarado las ideas a alguno de los dos, o si por el contrario nos condenaba a seguir jugando a lo mismo, a decir verdades bromeando, a esquivar preguntas, a no hablar claro, dejando siempre la duda... Busqué mi ropa por el suelo de tu apartamento, me vestí en silencio, cogí los tacones de la mano para no hacer ruido y me acerqué de nuevo a tu habitación, te observé de nuevo sorprendida de que no despertaras. Pensé en marcharme sin más pero en el último momento me acerqué al escritorio, garabateé deprisa una nota y la dejé sobre la almohada, un clásico, pensé. Te miré una última vez y salí de puntillas cerrando la puerta con cuidado. Me puse los zapatos en la escalera y me marché sabiendo que no te iba a sentar bien no encontrarme allí, al igual que sabía que no me lo dirías abiertamente, que me lo harías saber, pero que no me dirías. Sentada en el coche me planteé la posibilidad de volver, miré una vez más las ventanas de tu edificio, arranqué el coche y me marché con la sensación de que, una vez más, estaba haciendo las cosas mal.  

lunes, 17 de enero de 2011

Una vida paralela

Odiaba las tareas de la casa, odiaba planchar. Se había estado duchando y esos 20 minutos con el agua cayendo por su espalda habían sido lo mejor que le había pasado en todo el día. Tenía casi 30 años y los últimos 6 meses su vida habían sido un desastre. No tenía trabajo, estaba de nuevo en una ciudad que odiaba y atraía por igual, lo que antes se llamaba una capital de provincias, pero una capital olvidada por todo el mundo. La gente aquí era anticuada, cotilla, prejuiciosa…..y lo peor de todo es que ella se volvía así cuando llevaba más de 1 mes encerrada allí. Se daba cuenta pero no podía impedirlo. Se apartó un mechón de pelo de la cara. Lo recogió de cualquier manera con la pinza que llevaba en la cabeza. Tenía puesto un albornoz azul que le quedaba grande y había visto tiempos mejores. Odiaba planchar, tenía calor, ya estaba harta, si continuaba así, la ducha no habría servido para nada. Encontrando este pensamiento lo suficientemente bueno como para proporcionarle una excusa, dejó la plancha a un lado y la desenchufó. Fue al cuarto de baño y encendió la luz. Cogió el cepillo y empezó a desenredar con fuerza la larga cabellera negra, joder, necesitaba cortarse el pelo. Si fuera realmente valiente se lo cortaría por encima de las orejas. Necesitaba un cambio. Odiaba su vida… bueno, en realidad despreciaba su vida, se despreciaba a sí misma. Una vez desenredado el pelo, lo dejó suelto y se miró detenidamente en el espejo. Miró los ojos azules que ya no brillaban, miró las arrugas alrededor de los ojos. No le importaría que estuvieran allí si fueran producto de la risa y la felicidad, pero no lo eran. Hizo café, miró su correo….327 emails sin abrir, buf!! Tendrían que esperar, no había ninguno personal. Recogió el salón y se puso un pijama blanco de Campanilla. Aunque solamente lo viera ella, le encantaba ese pijama. Encendió las planchas para alisarse el pelo y mientras tanto cambió las sábanas y puso unas sábanas negras que compró hace dos años, se había encaprichado de ellas. Siempre había pensado en sacarse una foto entre esas sábanas, desnuda, de costado, mirando hacía la pared. Creía que en blanco y negro el contraste entre las sábanas y su piel sería bonito, pero como tantas otras cosas, nunca lo había intentado. Volvió al cuarto de baño, se puso las lentillas y comenzó a alisarse el pelo. No le gustaba hacerlo con gafas, era una tontería, una manía, pero prefería tener las lentillas puestas cuando hacía eso. Cuando acabó buscó su móvil, tenía 3 llamadas perdidas, todas de sus padres…no había ido a comer, no tenía ganas de hablar con nadie. Decidió que más tarde les mandaría un sms diciendo que estaba bien, pero ahora solo quería estar sola. Gracias a dios su hermana estaría todo el verano trabajando en Canarias y tenía la casa para ella sola. Quería a su hermana más que a nada en el mundo, pero la convivencia con ella no siempre era fácil. Estaba pensando en prepararse una taza de café y ver un rato la TV cuando llamaron al timbre. ¡Qué raro! Con paso decidido fue hasta la puerta y abrió.

- ¡Hola, Gabi! Pasaba por aquí…..¿puedo entrar?

- ¡Dios mío! No me lo puedo creer –pensó. Y se quedó allí con la boca abierta.

martes, 4 de enero de 2011

El Amanecer



Era de madrugada cuando me desperté. La noche anterior había puesto el despertador para que sonara temprano, pero no me hizo falta. En silencio, sin hacer ruido cogí primero mis gafas de la mesilla y desconecté la alarma. Me levanté despacio, sin hacer ruido y me puse una camiseta dos tallas más grande y salí de la habitación. Bajé descalza las escaleras y al pasar por el salón me hice con una vieja manta que estaba doblada en el sofá. La chimenea hacía horas que se había apagado, pero el ambiente allí dentro todavía era cálido. Me fui a la cocina, todavía tenía tiempo de prepararme un tazón de café con leche. Me encanta el olor a café recién hecho por la mañana. Mientras esperaba, limpié mis gafas. Odei, el mastín que dormía en la planta de abajo se acercó moviendo la cola, contento de tener a alguien tan temprano pululando por allí. Fui a la despensa y saqué los restos de la cena y los puse en un plato, en el suelo. Cuando el café estuvo listo, me pasé la vieja manta por los hombros agarré mi taza y salí al porche. Dios que frío hacía, pero me encantó esa sensación de silencio en la noche, cuando te aporta serenidad, no cuando tienes miedo de cualquier sombra. Rápidamente, no había cogido las zapatillas, me acerqué al balancín blanco. Me senté y subí las piernas, me envolví bien en la manta sabiendo que la espera no sería muy larga. Odei que me había seguido fuera se tumbó a mi lado. Poco a poco todo lo que me rodeaba empezó a aclararse, todo estaba blanco, la escarcha lo cubría todo, y había nieve en las montañas. Había nevado por la noche y algunos copos volaban y jugaban a mi alrededor. A medida que el sol subía comenzó a iluminar las laderas y los árboles, empezó a verse todo con más claridad y la luz empezó a ganarle la batalla a la oscuridad. Mirando hacia abajo, hacia el valle, el lago empezó a reflejar la luz del sol y algunos retazos de niebla quedaron patentes entre los árboles, en las zonas más sombrías. Amaba este lugar, me aportaba serenidad, me hacía olvidarlo todo, estaba en paz conmigo misma. Siempre había sido así, incluso ahora en una etapa buena de mi vida, lo necesitaba. Lo mejor que pude hacer fue invertir mis ahorros en esa casa. Lentamente, mientras se hacía de día, los recuerdos vinieron a mí, y los momentos vividos en aquel lugar, bueno y malos cobraron vida.

sábado, 3 de abril de 2010

Soñé

Soñé que me querías. Soñé que me querías y en las frías noches de Semana Santa me abrazabas, mi espalda apoyada en tu pecho y tu barbilla apoyada en mi cabeza, mientras tus manos rodeaban mi cintura, intentando con tu cuerpo darme calor. Soñé que me querías y que para ti era la luna igual que como el sol tu iluminas mis días. Soñé que con mirarte nos hablábamos, con sumergirme en tus ojos nos lo decíamos todo y el mundo alrededor desaparecía. Sólo existíamos tú y yo. Soñé que besándonos en mi casa, mientras empezábamos a quitarnos la ropa me pedías que te dejara contar mis pecas, todas ellas, una a una, y que como con las estrellas soñé que nunca acabarías de contar. Soñé que desnudos en mi cama estando recostada sobre tu pecho, jugabas con mi pelo mientras yo con mi dedo hacía dibujos sobre tu piel. Soñé que me podía permitir bajar la guardia por que ahí estabas tú, que nunca me traicionarías. Soñé que podía reconocer mis debilidades sin sentirme inferior. Soñé que me necesitabas como se necesita respirar. Soñé que era feliz porque por fin me pasaba algo bueno, algo que mereciera la pena contar………………pero desperté y un día más estaba sola en mi cama, sintiendo más frío que nunca. Era una preciosa mañana de primavera, no llovía, pero yo estaba sola en mi cama sin nadie con quien compartir mis sueños porque tú no existías, no existirás, porque mis anhelos más profundos se expresaban en sueños y los sueños son sólo eso, sueños.

viernes, 12 de marzo de 2010

LA MUJER SABIA

Dos hombres iban caminando, hablando y riéndose de tonterías, uno de ellos era solamente un muchacho. Al pasa por delante de la vieja cabaña al pie del camino, el mayor le dijo al joven "Espera un momento, vamos a entrar que quiero preguntarle algo a la mujer sabia", el chico que no tenía nada mejor que hacer ni ningún sitio a donde ir, accedió. Y los dos juntos se acercaron a la puerta del jardín. atravesaron la vieja y oxidada puerta de forja y subieron por el camino hacia la casa, pero antes de llegar una niña les salió al encuentro y les dijo que si querían visitar a la mujer sabia estaba en la parte de atrás recogiendo hierbas medicinales. Los tres juntos rodearon la casa, la niña les llevó hasta una mesa de jardín con cuatro sillas y les invitó a sentarse. La mujer sabia apareció enseguida con té frío y unas pastas y los cuatro se dedicaron durante un rato a hablar y reir de temas intrascendentes. Después de media hora, se hizo un incómodo silencio. La mujer sabia miraba atentamente al hombre mayor, y éste sabiéndose interrogado deció enfrentar el tema que lo había llevado hasta allí. "Mujer sabia, el motivo de mi visita es hacerte una pregunta, verás (dijo después de una pausa), no soy mayor, me considero un hombre de mediana edad que no hace daño a nadie, que vive y deja vivir, pero..........no soy feliz. Últimamente me encuentro muy solo, estoy esperando a la muje de mi vida, pero no aparece, entonces........yo.........venía a preguntarte que es lo que buscan las mujeres en un hombre". El joven miraba alternativamente a uno y a otra, porque no entendía como habían ido hasta allí a hablar de eso, pero a la vez se sentía enormemente curioso por conocer la respuesta. Su amigo miraba al suelo azorado, y la mujer sabía miraba a lo lejos perdida su vista en el paisaje. Todos esperaban una respuesta y cuando la mujer sabia habló dijo "una mujer busca un hombre que sea tonto, rico y guapo, pero la primera característica es imprescindible". Todos se quedaron callados, el chico joven seguía mirando a todos los que estaban sentados a la mesa. Esperó un poco pero como vio que nadie estaba dispuesta a añadir nada, mirando a la mujer sabia le dijo "No lo entiendo, yo no tengo ninguna de las tres cosas que has dicho". La mujer sabia se sonrió y entonces sorprendiendo a los dos hombres fue la niña quien dijo mirando de frente al joven "entonces encontrarás una mujer que merezca la pena". El joven se quedó momentáneamente confundido, pero su rostro se fue poco a poco iluminando a medida que la comprensión hacía mella en él. Después de eso, los cuatro se recostaron en sus asientos y disfrutaron en silencio del atardecer

sábado, 2 de enero de 2010

No tan malo

Hace años que estuve en la universidad, me encantaba leer el Tribuna Universitaria de Salamanca, sobretodo los mensajes que se escribían entre estudiantes (yo misma recibí alguno), y también algunas historias que escribían otros estudiantes y con las que me sentía identificada. Sobre mí, decir que soy una romántica que cree que el romanticismo ha muerto. No se me da bien escribir, por eso voy a copiar un texto de ese periódico estudiantil que me removió por dentro por que parecía que el escritor lo había sacado de mi propia cabeza, o mejor dicho, corazón. Mis disculpas si alguna se enterá de que lo utilicé, pero no recuerdo a su autora.

Hay días en que te levantas sin ninguna motivación especial, tan sólo arrastrada por el motor de la rutina. Son buenos días. Después están aquellos en que te levantas, miras a tu alrededor y piensas: ¿qué hago aqui? ¿de qué sirve todo esto? Te preguntas si ese "todo", si ese simulacro de vida que llevas en realidad es algo, si merece la pena seguir aguantando. Adónde te llevará la corriente, ahora que te has cansado de luchar contra ella porque sientes que todas tus motivaciones, tus metas, tus ilusiones, están huecas, vacías. Todo es tan difícil, y una gran parte imposible. Te encuentras encasillado en un mundo que parece ofrecerte muchas puertas abiertas, pero sabes que en realiad sólo tienes derecho a unas pocas, y no tienes la menor curiosidad por averigua qué se esconde detrás de ellas. Ya sbes lo que vas a encontrar: rutina y caos. Porque aunque la gente s empeñe en intentar disimularlo, lo que domina en todas partes es el caos. ¿Por qué hablar de rutina, entonces?Porque siempre es lo mismo: nada es lo que parece, la justicia no existe, nadie consigue lo que quiere, los sueños se hacen realidad cuando te has olvidado de ellos y su realización se te antoja una pesadilla.

Le expongo a una amiga mis pensamientos, mi penosa percepción del mundo. Se asusta, no, se espanta, me dice que me equivoco, que el mundo no es tan horrible. Que la vida es dura, sí, pero que uno puede llegar hasta donde se proponga. Cuesta, pero es posible. Sólo hay que ser constante y tener algo a lo que agarrarse,mejor si es a uno mismo porque ése es un recurso que todos tenemos y que nunca nos abandonará.

Me alegro muchísimo al escuchar estas palabras: el mundo no es un asco, tan solo lo es mi vida. Lamento mucho haber pretendido meter a toda la humanidad en mi saco de mierda. Falsa alarma: en realidad el problema soy yo, que no sé manejarme por este mundo. No se trata sólo de las cosas que me quedan por aprender: dudo mucho que sea capaz de aprenderlas alún día.

Tengo la impresión de que todo el mundo sabe más que yo, o al menos los que no saben no necesitan saber. Pero no importa, ahora que sé que las ilusiones sirven para algo, aunque yo no lo comprenda, aunque a mi sólo me hagan deprimirme porque sé que las ilusiones sirven para algo, aunque yo no lo comprenda, aunque a mí solo me hagan deprimirme pouqe sé que nuncasoy a encontrar un Humphrey Bogart, ni un Joaquín Sabina, ni siquiera un mal poeta que me dedique sus versos de aficionado. Cada día me convezc más y más de que existen hombres maravillosos, claro que sí, aunque yo nunca vaya a encontrar ninguno. Porque ya me he cansado de buscar en esta realidad imposible, donde al menos para mí (y ojalá sea sólo para mí), cuanto más te preocupas por algo, antes lo pierdes, y cuanto más deseas algo, menos posibilidade tendrás de obtenerlo. En el momento en que deje de interesarte, llegará milagrosamente hasta tí. Lo imposible se vuelve posible solo con dejar de desearlo. ¿Conocen la Ley de Murphy, aquella de "las cosas nunca salen como las piensas?" Su autor, íntimo amigo mío.

Al parecer, el único consuelo al que puedo aspirar es a habituarme al desencanto, conformarme cn poco (o mejor con nada), ver mis sueños cumplidos en libros o películas y superar la necesidad de encontrar un príncipe azul. Debo asumirlo: los príncipes ahora no se casan.