Llego a la estación entre la niebla, hace horas que encendieron las luces de la calle y del edificio, un edificio magnífico, de piedra. El bar para los viajeros tiene dos puertas, la del aparcamiento y la que da a los andenes. El suelo es de madera oscura, las paredes de ladrillo y en algunos tramos de madera, a juego con el suelo. En las vitrinas hay fotografías en blanco y negro, de trenes, de deportistas antiguos, cachivaches que ya no funcionan, máquinas de coser, raquetas, instrumentos musicales que nunca sonaron.... Voy hasta la barra, también de madera bien pulida y le pido al camarero una copa, tequila con zumo de limón.
- Hoy empiezas fuerte .- me dice.
Le miro a los ojos no sin cierta curiosidad, normalmente no hablamos, él se limita observar el bar, mientras seca vasos con un trapo blanco que coloca sobre su hombro cuando llega algúnn cliente. Tiene razón, llego a la hora de siempre pero empiezo pronto. Cojo mi copa sin responderle y con la otra mano agarro un cenicero de cristal de un extremo de la barra. Me dirijo hacia las escaleras, en la zona de arriba el bar está en penumbra, me coloco en mi mesa de siempre, cerca de la ventana, a la luz de una farola que está fuera, en el andén. Antes de sentarme me quito la gabardina, y el sombrero, abro el bolso y saco un cuaderno, todos los días es lo mismo: pido un solo americano en la barra, me siento, saco mi cuaderno y enciendo un cigarro mientras releo las últimas páginas, más tarde, pediré una copa. Pero hoy la historia ha cambiado, por eso se ha extrañado. Enciendo el cigarrillo y comienzo a pasar hojas. De repente una tenue luz ilumina la zona donde estoy, y el camarero empieza a limpiar y a colocar sillas y mesas. Se va acercando poco a poco, con la sutileza de un elefante en una cacharrería. Antes de que se acerque demasiado cierro mi cuaderno y me limito a beber y a fumar. Le veo venir, y no me apetece nada hablar.
- Un mal día ¿eh? .- me dice para empezar la conversación.
- Sin más .- respondo sin apartar la vista de la pared de enfrente.
- No me había fijado nunca, y hace seis meses que vienes por aquí, tienes los ojos grises.
- En realidad son azules.
- Pues yo los veo grises.
- Pues muy bien, para ti la perra gorda .- contesto airada y mirándole a la cara. Pero eso no parece intimidarlo.
- ¿Sabes? se lo que vas a hacer, lo veo en tus ojos vacíos, por aquí pasa mucha gente y he conocido a más como tú.
- ¡Joder! ¿Te pagan por hacer de psicólogo o de barman? ¿No hay ningún partido de fútbol con el que te puedas entretener? .- lo miro ya muy mosqueada, cagüen el tío de los cojones, qué hijodeputa, ¿no puede molestar a nadie más? ¡Joder!, ¡coño!, si mi madre escuchara la cantidad de palabrotas que pasan por mi mente se preguntaría para que cojones me mandó a un colegio de monjas a recibir una buena educación.
Me mira sin inmutarse siquiera y el payaso de él tiene el atrevimiento de sentarse en mi mesa. En ese momento se abre la puerta, y entra un viajero estirado. Se levanta de nuevo, y yo suspiro aliviada cuando el muy gilipollas le dice al cliente que está cerrado. El otro, que ya se le ve que es un poco imbécil y no huele el peligro, señala el cartel y le dice que según eso está abierto las 24 horas. El barman se acerca a la puerta velozmente y con rabia contenida, se le nota en la manera de caminar, arranca el letrero y le dice al estupefacto idiota que lo mira con la boca abierta que se vaya a la puta calle mientras le pone una mano sobre el hombro y lo acompaña hasta la puerta. Después de que el otro salga huyendo, cierra la puerta con llave y vuelve a mi mesa. No me he movido, me limito a mirarle entre el humo del cigarro, intentando averiguar que mosca le ha picado hoy. Se sienta con la silla dada la vuelta, cruza los brazos sobre el respaldo, me mira, sonríe y el hijodeputa me dice:
- ¿Por dónde íbamos?
Espero que haya más capitulos...
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