Antes de salir de la cama te besé en el hombro pero no te enteraste y te dediqué una mirada cariñosa que jamás verías despierto. Me acerqué desnuda a la ventana sin importarme que me vieran desde la calle, me recogí como pude el pelo y encendí un cigarrillo con la caja de cerillas que había sobre la mesa. En la habitación hacía frío, dejé que el aire acariciara un poco más mi piel y después de apagar el cigarro me puse tu camiseta blanca, esa que con las prisas habías dejado caer. Los coches al pasar iluminaban la habitación, me senté detrás de tu escritorio y te observé dormir. Se me pasaron por la cabeza los años de encuentros y desencuentros, los dos sabíamos que llegaríamos hasta aquí, no sabíamos el cuándo, pero sí que pasaría. Me pregunté si lo que había pasado esta noche nos había aclarado las ideas a alguno de los dos, o si por el contrario nos condenaba a seguir jugando a lo mismo, a decir verdades bromeando, a esquivar preguntas, a no hablar claro, dejando siempre la duda... Busqué mi ropa por el suelo de tu apartamento, me vestí en silencio, cogí los tacones de la mano para no hacer ruido y me acerqué de nuevo a tu habitación, te observé de nuevo sorprendida de que no despertaras. Pensé en marcharme sin más pero en el último momento me acerqué al escritorio, garabateé deprisa una nota y la dejé sobre la almohada, un clásico, pensé. Te miré una última vez y salí de puntillas cerrando la puerta con cuidado. Me puse los zapatos en la escalera y me marché sabiendo que no te iba a sentar bien no encontrarme allí, al igual que sabía que no me lo dirías abiertamente, que me lo harías saber, pero que no me dirías. Sentada en el coche me planteé la posibilidad de volver, miré una vez más las ventanas de tu edificio, arranqué el coche y me marché con la sensación de que, una vez más, estaba haciendo las cosas mal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario