lunes, 17 de enero de 2011

Una vida paralela

Odiaba las tareas de la casa, odiaba planchar. Se había estado duchando y esos 20 minutos con el agua cayendo por su espalda habían sido lo mejor que le había pasado en todo el día. Tenía casi 30 años y los últimos 6 meses su vida habían sido un desastre. No tenía trabajo, estaba de nuevo en una ciudad que odiaba y atraía por igual, lo que antes se llamaba una capital de provincias, pero una capital olvidada por todo el mundo. La gente aquí era anticuada, cotilla, prejuiciosa…..y lo peor de todo es que ella se volvía así cuando llevaba más de 1 mes encerrada allí. Se daba cuenta pero no podía impedirlo. Se apartó un mechón de pelo de la cara. Lo recogió de cualquier manera con la pinza que llevaba en la cabeza. Tenía puesto un albornoz azul que le quedaba grande y había visto tiempos mejores. Odiaba planchar, tenía calor, ya estaba harta, si continuaba así, la ducha no habría servido para nada. Encontrando este pensamiento lo suficientemente bueno como para proporcionarle una excusa, dejó la plancha a un lado y la desenchufó. Fue al cuarto de baño y encendió la luz. Cogió el cepillo y empezó a desenredar con fuerza la larga cabellera negra, joder, necesitaba cortarse el pelo. Si fuera realmente valiente se lo cortaría por encima de las orejas. Necesitaba un cambio. Odiaba su vida… bueno, en realidad despreciaba su vida, se despreciaba a sí misma. Una vez desenredado el pelo, lo dejó suelto y se miró detenidamente en el espejo. Miró los ojos azules que ya no brillaban, miró las arrugas alrededor de los ojos. No le importaría que estuvieran allí si fueran producto de la risa y la felicidad, pero no lo eran. Hizo café, miró su correo….327 emails sin abrir, buf!! Tendrían que esperar, no había ninguno personal. Recogió el salón y se puso un pijama blanco de Campanilla. Aunque solamente lo viera ella, le encantaba ese pijama. Encendió las planchas para alisarse el pelo y mientras tanto cambió las sábanas y puso unas sábanas negras que compró hace dos años, se había encaprichado de ellas. Siempre había pensado en sacarse una foto entre esas sábanas, desnuda, de costado, mirando hacía la pared. Creía que en blanco y negro el contraste entre las sábanas y su piel sería bonito, pero como tantas otras cosas, nunca lo había intentado. Volvió al cuarto de baño, se puso las lentillas y comenzó a alisarse el pelo. No le gustaba hacerlo con gafas, era una tontería, una manía, pero prefería tener las lentillas puestas cuando hacía eso. Cuando acabó buscó su móvil, tenía 3 llamadas perdidas, todas de sus padres…no había ido a comer, no tenía ganas de hablar con nadie. Decidió que más tarde les mandaría un sms diciendo que estaba bien, pero ahora solo quería estar sola. Gracias a dios su hermana estaría todo el verano trabajando en Canarias y tenía la casa para ella sola. Quería a su hermana más que a nada en el mundo, pero la convivencia con ella no siempre era fácil. Estaba pensando en prepararse una taza de café y ver un rato la TV cuando llamaron al timbre. ¡Qué raro! Con paso decidido fue hasta la puerta y abrió.

- ¡Hola, Gabi! Pasaba por aquí…..¿puedo entrar?

- ¡Dios mío! No me lo puedo creer –pensó. Y se quedó allí con la boca abierta.

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